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Hace poco terminé un curso de Yoga para Niñas y Niños. En él me llamó la atención un planteamiento. Nos hacían hincapié en que no les diéramos aprobación.

Esto me hizo reparar en que vivimos en una cultura de la búsqueda de aprobación. Es decir, que desde la infancia nos enseñan a buscar la aprobación de otras personas. De mamá y papá, de profes, de nuestras amistades… No dentro. Fuera.

Eso significa que son los demás quienes nos tienen que decir que lo estamos haciendo bien o mal. Son quienes validan nuestra forma de ser y de comportarnos.

Que nos validan quiere decir que nos dan valor. O sea que no soy yo misma quien me doy valor. Mejor dicho: no tengo valor de por mí, sino que tengo que hacer algo que me lleve a ser vista, reconocida, valorada y aprobada.

Increíble.

Puede que me digas que no, que ya como adulta tomas tus propias decisiones y has construido tu propio criterio, que te rebelaste contra la búsqueda de agradar.

¿De verdad?, ¿en lo más profundo te ves así?, ¿ya no buscas la aprobación fuera?

Cuando me hago estas preguntas a mí misma y me hablo con verdad, reconozco mi búsqueda de aprobación. Pienso que es una inercia cultural.

La llaman la herida de la desvalorización.

Hace que no confíes en tu poder personal, en tu capacidad para darte sentido, validarte a ti misma y autorizarte.

Hay una consecuencia profunda y clara de todo esto. El miedo que tenemos a equivocarnos.

El miedo al error.

Detrás de este miedo está el miedo al rechazo. Miedo a que, si nos equivocamos, si hacemos o decimos algo que no sea aprobado por el resto, tenga consecuencias. Que no seamos queridas, aprobadas, valoradas, reconocidas. Que nos dejen fuera del grupo.

En el imaginario colectivo, uno de los grandes miedos es el miedo a la exclusión social, la marginación, la humillación. Aunque este miedo se camufle. Son miedos primitivos, por así decirlo.

Equivocarnos puede ser valioso y enriquecedor. Pero puedes verlo así cuando te colocas tú en el centro de tu vida y decides que serás tú quien te valore y valide.

Una vez ahí, puesto que eres tú quien va a tomar las decisiones en tu vida y asumir las consecuencias, es momento de cambiar tu manera de relacionarte con el error.

El error es relativo. Seguro que te ha pasado. Lo que en un momento nos puede parecer un error en otro podemos verlo como un acierto. En cualquier caso, es una fuente de aprendizaje.

Rara vez aprendemos cuando consideramos que hemos acertado. Sin embargo, cuando consideramos que no ha sido así, se abre un proceso que puede ser de reflexión, de cuestionamiento, de humildad.

Puede que busquemos un cambio de perspectiva o la manera de pedir disculpas, de entender por qué lo he hecho, de asumir consecuencias y responsabilidad. O no.

El error nos abre muchos caminos. Pueden ser nuevos.

En definitiva, el error puede ser un maestro. Uno de los principales maestros de la vida.

Procuro abrazar mis errores, abrirme a ellos, no temerlos. Abrirme a las enseñanzas que me pueden traer.

Todo esto implica romper inercias. Automatismos. Nadar a contracorriente. Y para hacerlo, los hábitos son fundamentales. 

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